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Parabolas by John MacArthur, Paperback

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Parábolas Los Misterios Del Reino De Dios Revelados A Través De Las Historias Que Jesús ContóBy John MacArthur, Philip R. Johnson Grupo Nelson Copyright © 2015 John MacArthurAll rights reserved.ISBN: 978-0-7180-0173-5 CHAPTER 1

Un día siniestro en Galilea

Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.

— Mateo 13.11

Un día muy ocupado casi al final del segundo año de su ministerio público, Jesús tuvo un encuentro con algunos fariseos hostiles y, de repente, todo el carácter de su enseñanza cambió. Ya no predicó sermones sencillos salpicados con textos proféticos clave del Antiguo Testamento. A partir de entonces, cada vez que enseñó públicamente, habló en parábolas. Tal cambio brusco en su estilo de enseñanza fue un presagio de juicio contra la élite religiosa de Israel y todos los que siguieron su ejemplo.

Los fariseos y el sábado

Mateo presenta el punto decisivo en el cambio de ministerio público de Jesús al narrar una serie de conflictos muy públicos provocados por los líderes religiosos judíos que estaban ansiosos por desacreditar a Jesús.

La principal lucha que eligieron tener con Jesús fue acerca de la correcta observancia del sábado, símbolo del sistema legalista de ellos. Los fariseos se consideraban especialistas y agentes del orden público cuando se trataba de la estricta observancia del sábado. Ellos habían superpuesto a los inspirados estatutos acerca del sábado en el Antiguo Testamento una larga lista de detalladas restricciones humanas. Hicieron de esto su tema distintivo y eran esforzados en sus intentos de imponer un extremadamente riguroso sabatismo en toda la nación.

Evidentemente, la justificación original de los fariseos era que para evitar infracciones negligentes o accidentales en el día de reposo, lo mejor era prohibir todo lo dudoso y restringir las actividades del sábado al inventario más elemental de necesidades absolutas. Fuera cual fuera su objetivo original, ellos habían convertido el sábado en una contrariedad opresiva. Peor aún, de su rígido sistema habían hecho un asunto de inmenso orgullo para ellos y un arma de maltrato con la que atormentaban a otros. El día de «descanso» se convirtió en una de las más onerosas pruebas de una larga lista de «cargas pesadas y difíciles de llevar» que los fariseos estaban decididos a imponer sobre los hombros de los demás (Mateo 23.4).

La observancia del sábado en el Antiguo Testamento desde su principio no se suponía que fuera gravoso; su propósito era exactamente lo contrario: que fuera una «delicia» (Isaías 58.13) y un respiro para la gente cansada. Los mandamientos canónicos con respecto al sábado eran minuciosos pero bien definidos. El séptimo día se reservó como un recordatorio gentil y semanal al hecho que la humanidad tiene una llamado a entrar en el reposo del Señor (Hebreos 4.4–11). Las Escrituras presentan este tema desde el principio. Es la corona y culminación de la historia de la creación: «Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación» (Génesis 2.1–3, énfasis añadido).

Es significativa en este pasaje la progresión de los verbos. Cuando Dios terminó su obra creadora, descansó. No porque necesitara alivio o recuperación, sino porque su obra estaba terminada. A continuación declaró el sábado santo, como un favor hacia la humanidad. El trabajo es algo pesado. Este es un resultado que la maldición del pecado de la humanidad trajo sobre toda la creación (Génesis 3.17–19). Por otra parte, un hombre abandonado a sí mismo va a descubrir que «esto es vanidad, y duro trabajo» (Eclesiastés 4.8). El sábado es una celebración de la obra terminada del Señor, y se insta a toda la humanidad a entrar en el reposo del Señor. Esta verdad fue mostrada por primera vez en el propio descanso del Señor en el último día de la semana de la creación. Pero la gloria del sábado fue finalmente dada a conocer en la obra terminada de Cristo (Juan 19.30).

Así que el sábado es de vital importancia en la historia bíblica de la redención. Se supone que es un recordatorio semanal de la gracia de Dios, que siempre está en marcado contraste con el quehacer humano.

En la ley de Moisés se incluyó un número de preceptos que rigen la observancia del sábado. Sin embargo, la instrucción principal a recordar y santificar el día de reposo es el cuarto de los Diez Mandamientos. Este es el último mandamiento en la primera tabla del Decálogo. (La primera tabla presenta los que definen nuestro deber con respecto a Dios. La segunda, que abarca del quinto al décimo, se refieren a nuestro deber con respecto a nuestro prójimo).

Considerando los cuatro versículos completos en Éxodo 20, el cuarto mandamiento es el más largo del Decálogo. (El segundo tiene tres versículos de largo. Los otros ocho están expresados en un solo versículo cada uno). Pero a pesar de su extraordinaria longitud, la ordenanza a guardar el sábado como día de reposo no es de por sí compleja. Dice simplemente:

Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. (Éxodo 20.9–11)

Observe que la palabrería inusual del cuarto mandamiento se debe al hecho de que se prohíbe expresamente que terratenientes y jefes de familia eludan la restricción al hacer que otros trabajen por ellos. Todas estas salidas son cerradas. Y en seguida, el texto da la base bíblica y doctrinal para el mandamiento, haciendo hincapié en cómo el sábado es figura de entrar en el reposo de Dios.

Aparte de esto, el cuarto mandamiento es simple. Lo que estaba prohibido en el sábado era el trabajo, concretamente la fatiga de la vida diaria. Todo trabajo se debía suspender; incluso las bestias de carga estaban exentas de trabajar ese día dedicado al descanso. El sábado era un regalo y una bendición de Dios a su pueblo, para que la vida terrenal no pareciera una larga, ininterrumpida y ardua rutina.

Israel pecó en repetidas ocasiones a lo largo de su historia al ignorar los sábados y permitir hacer negocios como siempre durante el final de semana. Esta negligencia fue motivada tanto por un deseo de ganancia financiera como por pura indiferencia acerca de las cosas espirituales, apostasía, idolatría o alguna combinación siniestra de estas. Nehemías 13.15–22 describe la lucha de Nehemías para lograr que el pueblo de su época observara el día de reposo. Y Jeremías 17.21–27 es un registro de la súplica de Jeremías a los ciudadanos de Jerusalén para que descansaran en el sábado. Ellos se negaron y Jeremías recibió un mensaje profético del Señor amenazando con la destrucción de la ciudad si el pueblo no se arrepentía de profanar el día de reposo.

Sin embargo, para la época de Jesús, el péndulo había oscilado hasta irse al extremo opuesto, gracias a la predicación y a la politiquería de los fariseos. Al pueblo de Israel se le obligaba a observar el sábado mediante el código más estricto posible, supuestamente para honrar a Dios, aunque sin el gozo y la gratitud que deseaba el Señor, por obligación y bajo la estricta supervisión de los fariseos. El sábado se convirtió en una tarea impuesta, molesta y legalista, un ritual engorroso en lugar de un verdadero día de descanso. Las personas vivían con el temor de que si accidentalmente violaban o descuidaban alguna regla trivial del sábado, serían reprendidos por los fariseos, quizá amenazándoles con la excomunión o en el peor de los casos, la lapidación. Esto es precisamente lo que ocurrió con Jesús y sus discípulos.

El conflicto de Jesús con la élite religiosa

Mateo 12 comienza con una gran confrontación provocada por un escuadrón encargado del cumplimiento farisaico del sábado. Al sentir hambre, los discípulos arrancaron algunas espigas para comer mientras caminaban por un campo de trigo o cebada en sábado. Los fariseos estaban en pie de guerra y contendieron con Jesús sobre lo que sus discípulos habían hecho (Mateo 12.1–2). De acuerdo con las reglas de los fariseos, aun arrancar un puñado de grano de manera informal era una forma de espigar y por lo tanto, un trabajo. Este era precisamente el tipo de acto al parecer intrascendente que los fariseos de manera habitual perseguían, convirtiendo aun las necesidades básicas de la vida en mil tabúes sabáticos que no habían sido establecidos en las Escrituras. El sistema de los fariseos era un verdadero campo minado para la persona promedio.

Jesús respondió al mostrar la necedad de una regla que prohíbe cubrir una necesidad humana en un día reservado para beneficio de la humanidad: «El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo» (Marcos 2.27). Y reprendió a los fariseos por condenar a los inocentes, agregando luego la famosa declaración de su autoridad divina: «El Hijo del Hombre es Señor del día de reposo» (Mateo 12.8).

Los fariseos se enfurecieron. Pero no dejaron de desafiar al Señor con el sábado.

En Lucas 6.6 leemos: «Aconteció también en otro día de reposo, que él entró en la sinagoga y enseñaba; y estaba allí un hombre que tenía seca la mano derecha». De nuevo, allí estaban los fariseos, dispuestos a intensificar el conflicto sobre el sábado. Señalando al hombre con la mano seca, le ofrecieron a Jesús la oportunidad de quebrantar sus reglas del sábado en presencia de muchos testigos. «Y preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en el día de reposo?» (Mateo 12.10). Habían visto a Jesús hacer milagros muchas veces antes y sabían que tenía poder sobre cualquiera enfermedad. También habían visto, una y otra vez, sobradas pruebas de que Él era el Mesías prometido.

Pero no era el tipo de Mesías que siempre habían esperado. Jesús se opuso abiertamente a su cúmulo de tradiciones religiosas hechas por el hombre. Con valentía desafió la autoridad de ellos y reclamó la autoridad suprema para sí mismo. Los fariseos sabían que si Él tomaba su lugar legítimo en el trono como el Mesías de Israel, desbarataría su estatus y pondría fin a su influencia sobre el pueblo. En un cónclave secreto para discutir qué hacer con Jesús, ellos admitieron abiertamente cuál era el verdadero problema. Estaban preocupados por la pérdida de su propio poder y estatus político: «Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Juan 11.48). Ellos ya estaban perdiendo el favor de los ciudadanos comunes y corrientes de Galilea.

No es de extrañar que «gran multitud del pueblo le oía [a Jesús] de buena gana» (Marcos 12.37). Pero el odio ciego de los líderes religiosos era tal que en verdad no les importaba si sus credenciales mesiánicas eran legítimas o no; estaban decididos a disuadir a la gente de ir en pos de Él, sin importar lo que hiciera falta.

Así que cuando Jesús respondió a su desafío sanando al instante al hombre de la mano seca, los fariseos salieron de la sinagoga a tener una de esas reuniones privadas, consultando unos con otros acerca de lo que podrían hacer con Él. El objetivo final de ellos era ya claro: «Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para destruirle» (Mateo 12.14). El odio de todo el régimen religioso con sede en Jerusalén había llegado literalmente a un nivel criminal, y Jesús sabía sus intenciones. Por lo tanto, porque su hora aún no había llegado, de inmediato comenzó a ser más discreto en sus movimientos y más reservado en su ministerio público. Mateo afirma: «Sabiendo esto Jesús [la intención de ellos de destruirle], se apartó de allí; y le siguió mucha gente, y sanaba a todos, y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen» (Mateo 12.15–16).

Mateo sigue su relato de los conflictos del sábado con una cita de Isaías 42.1–4:

He aquí mi siervo, a quien he escogido;Mi Amado, en quien se agrada mi alma;Pondré mi Espíritu sobre él,Y a los gentiles anunciará juicio.No contenderá, ni voceará,Ni nadie oirá en las calles su voz.La caña cascada no quebrará,Y el pábilo que humea no apagará,Hasta que saque a victoria el juicio.Y en su nombre esperarán los gentiles. (Mateo 12.18–21)

El mensaje de Mateo (como el de Isaías) es contrario a todas las expectativas: el Mesías de Israel no iba a llegar a la escena como un conquistador militar o una poderosa figura política, sino de una manera suave y tranquila. La «caña cascada» se refiere a un instrumento musical hecho a mano, un tubo o flauta fabricado del espesor del tallo de una planta que crecía en la orilla del agua. Cuando la flauta se volvía demasiado gastada o incapaz de producir música, se partía en dos y se desechaba. El «pábilo que humeare» se refiere a una mecha de lámpara que ya no podía sostener una llama y por lo tanto, era inútil para dar luz. Una mecha humeante normalmente se apagaba para recortar el borde quemado con el fin de que la lámpara fuera eficiente de nuevo.

La caña cascada y el pábilo humeante en la profecía de Isaías son simbólicos de las personas heridas y disfuncionales. En lugar de rechazar y desechar a los parias, el Mesías de Israel los aceptaría, les enseñaría, los sanaría y les ministraría. Incluso los gentiles aprenderían a confiar en Él.

Esa profecía de Isaías es el puente entre el relato de Mateo de estas dos controversias sabáticas y el conflicto explosivo que domina la segunda mitad de Mateo 12. Los escritores de los cuatro Evangelios a veces organizan las anécdotas del ministerio terrenal de Jesús por temas en lugar de en orden cronológico. Cada vez que se dan pistas de tiempo, estas son importantes, pero en ocasiones la relación cronológica entre un incidente y el siguiente no es crucial y por lo tanto no se registra en el texto. Este es el caso entre la primera y la segunda mitad de Mateo 12. La recogida de espigas, seguida de la sanidad del hombre de la mano seca, se registran como si se hubieran producido en rápida sucesión. Los dos incidentes son narrados en estrecha secuencia, no solo en Mateo 12, sino también en Marcos 2.23 — 3.5 y en Lucas 6.1–11. Pero Lucas 6.6 deja claro que los dos incidentes ocurrieron en diferentes sábados. Marcos y Lucas inmediatamente siguen su narración de estos incidentes con el registro de Jesús llamando a los doce, por lo que los dos conflictos del sábado parecen haber ocurrido temprano en el ministerio de Jesús en Galilea.

Mateo se preocupa más por el tema que por la cronología y su punto central en el capítulo 12 es mostrar cómo las controversias del sábado provocaron en los líderes religiosos judíos una hostilidad extrema hacia Jesús. El absoluto desprecio que sentían hacia Jesús finalmente culminó con la determinación de acabar con Él, una intención que sellaron con una blasfemia imperdonable.

En Mateo 12.22–37 se relata la blasfemia impactante y la respuesta de Jesús. Este incidente se convirtió en el colmo que provocó que Jesús cambiara su estilo de enseñanza. Al poner en orden cronológico todos los relatos del evangelio, sabemos que esto ocurrió varios meses después de los dos sábados a que hemos hecho referencia. Por lo tanto, la palabra entonces al comienzo del versículo 22 nos lleva de la profecía de Isaías a un nuevo día, cerca del final del ministerio de Jesús en Galilea. Este fue un día crucial en más de un sentido. De hecho, este es uno de los días más exhaustivamente documentados del ministerio de Jesús en Galilea.

(Continues...) Excerpted from Parábolas by John MacArthur, Philip R. Johnson. Copyright © 2015 John MacArthur. Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

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